Sábado 4 de abril de 2020 / Publicaciones

Pueblos Indígenas. Red Vital frente a la Mala Muerte.

Del libro: Tiempos de Vida y Muerte. Memorias y Luchas de los Pueblos Indígenas en Colombia.
El conflicto de la violencia en Colombia contra los Pueblos Indígenas es considerado por éstos como una continuidad de la llamada “conquista” de los españoles. Con la invasión se exterminaron muchos pueblos a la fuerza, y otros muchos resistieron de diferentes maneras. No resulta extraño, pues, que los pueblos originarios de Colombia identifiquen la violencia sufrida, posteriormente, en diferentes periodos y en la actualidad, como una continuidad de dicha “conquista”, de sus pueblos, de sus territorios, de sus riquezas, ya que han venido padeciendo una violencia terrible por parte de colonizadores, de evangelizadores, de terratenientes, de empresarios, desde mucho antes de que aparecieran paramilitares y otros actores armados en sus territorios. Es una historia de racismo, sed de riqueza, apropiación de territorios ancestrales, imposición de modelos de desarrollo donde los indios no encajan o estorban. La violencia contra los pueblos indígenas está presente no solamente en las prácticas armadas sino en las tecnologías y proyectos económicos que organizan, interrumpen y condicionan las posibilidades que se desenvuelven en la Red Vital. Los “ciclos de guerra” impactan no sólo los cuerpos y las comunidades, también las espiritualidades, las energías positivas y negativas que constituyen la vida en los territorios. La implantación de megaproyectos en sitios sagrados, los bombardeos y la ubicación de actores armados en sitios sagrados, la violencia sexual contra las mujeres indígenas, la imposibilidad de mantener prácticas tradicionales que están en cabeza de las mujeres para la reproducción de la cultura en los pueblos, afectan la identidad colectiva de los pueblos, constituyéndose en ataques sistemáticos a sus símbolos espirituales. El impacto de la violencia se despliega de tal manera que altera las relaciones que configuran la {{Red Vital }} en variadas dimensiones, es decir se irrespeta a la mujer, al río, al hombre y a los caminos.. {{El territorio se hace {víctima}}} no solo porque se modifiquen sus formas con bombardeo o extractivismo sino porque con ello se interrumpen y alteran las responsabilidades espirituales de sus cuidadores. Las violencias del conflicto se ejercen mediante interrupciones y alteraciones asociadas a masacres, desplazamientos forzados, bombas, combates, desapariciones forzadas, incendios, pero también por medio de imposición de modelos económicos que confinan y explotan a las comunidades y sus territorios, de manera similar a la época de la conquista. El desvío del Arroyo Bruno en la Guajira, en territorio wayúu, la contaminación del río Cubogón en territorio U´wa, la contaminación del río Caquetá con mercurio en territorios Koreguaje, la transformación de los bosques para saquear sus recursos, el extensivo ganadero, los monocultivos de palma en territorio Eperara Siapidara.. se entienden como dinámicas constitutivas del conflicto armado que amenazan la Red Vital, tanto como el incremento desproporcionado de la deforestación. {{El territorio como víctima}} es la enunciación de un proyecto de interrupción de la vida que interviene en diferentes puntos de la red de vida. Y la afirmación de la condición de víctima del territorio es al tiempo la exigencia de su reparación, restauración, regeneración, sanación, armonización, ampliando o resignificando el concepto de derechos indígenas, porque la reparación integral tiene que partir del restablecimiento de la armonía y el equilibrio quebrados por el conflicto, que se ha ensañado contra la naturaleza. Consideran los pueblos indígenas que existe una codependencia entre los proyectos extractivos y las diferentes formas de violencia que han soportado en las últimas décadas, que {{han supuesto la fractura de la Red {Vital}}}, de las relaciones entre pueblos, y de las posibilidades de sostenibilidad del futuro. El pueblo wayúu con El Cerrejón, se conecta con el pueblo yukpa en la serranía del Perijá. El pueblo embera katío y el zenú se relacionan en CerroMatoso y la represa de Urrá. La represa y las multinacionales han dejado unos paisajes devastadores, han generado desplazamiento, han desaparecido pueblos enteros. Los embera chamí en Antioquía han sido afectados por la Anglo Gold Ashanti, y en el cerro Caraeperro, considerado sagrado, afectados también por la Muriel Mining Corporation. En Nariño y Putumayo los awá y los pastos, por el oleoducto trasandino. Los nasa en el norte del Cauca, afectados por el monocultivo intensivo de la caña y los ingenios azucareros de Ardila Lule. Las petroleras en sitios u´wa y sikuaini, en Arauca y Casanare, y con disputa sobre el sitio sagrado del Cucuy. En palabras y sentencia del TPP-2008 celebrado en Valledupar: “{Acusar al Estado y al gobierno colombiano por la comisión de graves violaciones a los derechos colectivos e individuales de los pueblos indígenas que se concretan en políticas de exterminio, genocidio, etnocidio y desplazamiento de los pueblos indígenas; por la persecución, tortura, desapariciones, implementación de campañas de desinformación, pago de recompensas para judicializar a las autoridades que defienden los derechos, identidad, territorio, cultura, autonomía y participación.. Acusar a las empresas nacionales y transnacionales Ecopetrool, Oxy, Repsol, Petrominerales, Gran Tierra Energy, Anglo Gold Ashanti, Bhp Billingthon, Anglo American, Glencore, Xtrata, Monsanto, Dyncorp, Maderas del Darien-Urapalma, Muriel Mining Corporation, Brisa SA, EP de Medellín, B2-Gold Cobre y Oro de Colombia SA, por su participación en los referidos hechos}”. La relación entre violencia y destrucción ambiental se repite en la extracción de hidrocarburos: solo en la cuenca Caguán-Putumayo hay 51 contratos, de los que 37 afectan a 81 resguardos indígenas en 4.9000.000 hectáreas. Las transformaciones en la geografía, producto de la infraestructura utilizada para extraer el crudo, cortan caminos, interrumpen relaciones con la Madre Tierra, producen presencia de actores armados, militarización, conflictos, amenazas, asesinatos,, voladuras de oleoductos, destrucción de casas y vegetación, contaminación de las aguas, etc. {{La Mala Muerte}}. La vida y la muerte hacen parte de un mismo proceso y se suceden la una a la otra. Esta continuidad se encuentra en los retoños, las germinaciones vegetales, los ciclos del agua, en la transformación de la materia. La muerte es un tránsito que permite las conexiones entre los diferentes mundos de los pueblos indígenas y la Red Vital que configuran. Pero la guerra y la violencia no solo interrumpen el flujo de la vida sino que también generan un “mal morir”. La desarmonización de la Red Vital cercena vínculos humanos. ¿Qué ocurre con un desplazamiento forzado en el territorio si hay una relación específica con ciclos de siembra, con ríos y montañas? ¿Qué sucede con los humanos si no pueden circular por la militarización, las masacres, las amenazas, el confinamiento? ¿Qué le sucede a la red de la vida si las personas empiezan a desaparecer del territorio? {{La Mala {Muerte}}} es un sentimiento-concepto que se encuentra a todo lo largo y ancho de Colombia, indígena, campesina, negra, de poblaciones que se han visto forzadas a renunciar al sagrado derecho a un buen morir. (El hecho de que grupos paramilitares con insistencia y saña hayan prohibido darle sepultura y hacer velatorio a cientos de muertos, que bajaban por el río, generó impactos colectivos en muchas poblaciones afropacíficas: pasmo, pánico, ansiedad, etc). Desde la conquista las imágenes de esclavitud, de violación y asesinato de mujeres, niñas, niños, mayores, se repiten. También la apropiación de la cultura indígena para la guerra, despolitizando sus luchas y justificando su violación y sacrificio. Los pueblos indígenas hablan con preocupación de los proyectos de exploración y explotación de la naturaleza, relacionándolos con el sangrado de la tierra. Es decir la desorganización violenta del lugar de lo sagrado, el petróleo por fuera de su sitio, el represado y desvío de ríos, el excavado y desenterrado de tumbas, el desnudado de la piel de la tierra para arrancar sus órganos. La guerra no solo trae una muerta violenta, sino que las formas establecidas para asumirla se desconocen en la magnitud del conflicto armado. De esta fractura entre la vida y la muerte se da una profunda alteración en la forma como se produce, circula y reproduce la vida en colectivo. La muerte se hace mala porque se impide el proceso que permite el diálogo con la vida por medio de los conocimientos propios de cada pueblo. En los principios de vida y organización de los pueblos indígenas ({{tierra-territorio-autonomía-cultura-unidad}}) se busca construir una historia política marcada por el conflicto armado, como un ciclo de violencia contra la Red Vital, en la espiral que se entiende como la “conquista que continúa”, en las constantes interpelaciones con el Estado, los terratenientes, las iglesias, las empresas.. La tierra y principios para la lucha. Recuperar la tierra para recuperarlo todo. Tierra y comunidad frente a civilización y evangelización. La cultura y la lucha por la autonomía. La justicia propia. La Paz. {{La minga para caminar la palabra.}} Minga es un concepto deriva del quechua que proviene de Minka, y que significa al mismo tiempo trabajo colectivo (cuando se construye una casa, se siembra o se cosecha en colectivo, se arregla un camino, se toma una decisión..), un propósito común. Minga es un Mandato Indígena y Popular, que ha supuesto movilizaciones potentes. El llamado a las mingas se hace juntando esfuerzos y pensamientos para desarrollar una lucha política de los pueblos indígenas. También se ha convertido en una estrategia para enfrentar la violencia armada y extractivista. {{Vivir y resistir como semillas. }} La sociedad vive en una semilla, la cultura pervive en una semilla. Las semillas parecen muertas pero son la vida misma. Pueden esperar siglos, en latencia, hasta que de pronto germinan, retoñan, crecen, dan fruto. Hay pueblos indígenas que de pronto revivieron, contradiciendo las previsiones más pesimistas de los analistas sociales. La Ley de Origen, el Derecho Mayor y la Ley Natural organizan el restablecimiento de la armonía y el equilibrio, así como la comprensión de los procesos que debilitan lo cultural, lo político, lo económico y lo territorial de los pueblos. La armonía no es un estado etéreo de contemplación paradisiaca, sino el fruto del trabajo, del esfuerzo organizativo, de la vida colectiva por restablecer el equilibrio entre diversos mundos, dimensiones y entre seres humanos, naturales y espirituales. Para ello es necesario buscar {{la justicia }} estructural, teniendo en cuenta los episodios históricos que han generado la Mala Muerte de manera continua y sistemática. {{La verdad}} restablece el equilibrio; es la palabra viva que debe describir, reconocer y expresar el genocidio contra los Pueblos Indígenas para llegar a la justicia-que es la vida y su preservación-. Del libro: {{Tiempos de Vida y Muerte. Memorias y Luchas de los Pueblos Indígenas en Colombia. {}}} http://www.miradoriu.org/spip.php?article825 Los 102 pueblos indígenas de Colombia han sido atacados por una violencia de larga duración. Han sido golpeados por la violencia y el exterminio por 527 años. En la “Conquista” (así en comillas, porque estos pueblos no consideran que ocurrió tal suceso) inició el atropello contra los nativos y desde 1492 y se desarrolló una visión racista y colonialista que perdura hasta nuestros días. Actualmente la situación no parece mejorar. Según un informe de la ONIC, al menos 39 pueblos indígenas están en riesgo de extinción y exterminio físico y cultural. Además, más de un centenar de líderes indígenas han sido asesinados desde la firma del Acuerdo de Paz y hay 35 pueblos indígenas con menos de 200 habitantes. Más de 3.000 autoridades y líderes indígenas han sido asesinados en los últimos 40 años. {Tiempos de Vida y Muerte se tejió {{}}} con los hilos de la denuncia y la resistencia. Este primer informe, además de visibilizar la situación histórica y actual de la población indígena, incorpora el deseo latente de reconocer y proteger a la comunidad indígena. Al fin y al cabo, todos los habitantes de este territorio pluriétnico y multicultural son tan solo uno de los colores de la wiphala .